¡Eh! ¡Estoy aquí! ¡No he desaparecido, sabéis!Nuevos pensamientos. Todos aquí metidos. No sabéis el esfuerzo que me cuesta no sacarlos todos de golpe, no escribir la parrafada aquí entera. No vomitarlos todos hasta quedarme tranquila.
He pasado una época de dudas -de muchas, muchas dudas-. Como cuando no estás segura de lo que hay que hacer, si elegir el camino de la izquierda o el de la derecha.
El de la izquierda, como puedes ver, se trata de un camino iluminado; de hecho, lo ves tan fácil llegar a él que no sabes ni por qué te planteas irte por el de la derecha.
Pero es que allí está el problema.
El de la derecha tiene un camino de ida más enrevesado, un poco más oscuro. Y, al contrario que en el de la izquierda, en este ya sabes lo que te va a deparar al otro lado. No tienes dudas, puedes irte allí, que es una buena opción, ¿sabes?
Y sin embargo, está esa adrenalina, esa emoción de pensar: Oye, ¿y qué va a pasar si me voy por el otro lado? -Y es por eso que no te decides-.
Es terrible; yo lo he vivido. Es pasarse horas y horas tumbada en la cama (así, bocarriba, con las manos entrelazadas sobre el estómago y los ojos muy abiertos), pensando qué sendero elegir, cuál escoger.
Y, es que, además, sabes que eligas el que eligas no te vas a quedar contenta. Vas a seguir pensando: Oye, ¿y si no lo he hecho correctamente? ¿Qué habría pasado si me llego a ir por el otro lado?
Te quedas parada, sin saber qué hacer. En medio de los dos caminos (derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda...). ¿Sabes de qué te hablo? De esa sensación de incertidumbre... de esa sensación que se te queda, esperando que te llegue la inspiración divina, o alguna señal que te ayuda a elegir y a decirte a ti misma: Estoy segura de que este es el camino correcto.